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Llegada a la India

“Cuando llegué a Nepal, caí gravemente enferma a causa de una intoxicación alimentaria y no pude continuar con mis compañeros hacia la India. Tuve que permanecer en un centro de acogida en Katmandú, con vómitos de sangre, lo que hizo que el personal sospechara que tenía una enfermedad contagiosa. Me hicieron dormir fuera del edificio, en el campo. Estaba tan débil que no podía cambiar de posición. Cuando necesitaba moverme, utilizaban palos largos para empujarme hacia adelante y hacia atrás, porque tenían miedo de tocarme con sus manos. Como mi condición empeoró, el personal pensó que no sobreviviría, así que me preguntaron si quería dejar un último mensaje para mi familia y me pidieron la dirección para entregarlo”.

“Así que solicité que los monjes de un monasterio hicieran oraciones después de mi muerte y que cremaran mi cuerpo en un pico que, más tarde, descubrí se trataba de la colina sagrada de Nagarjuna, donde Buda había transmitido el sutra llamado Langru Lungten. Les pedí que recogieran mi orina en una botella y que se la entregaran a la primera persona que encontraran en la entrada de la estupa de Boudhanath. En ese momento me encontraba semiconsciente, pero fueron lo suficientemente amables como para hacerme este favor. La persona que recogió mi orina se encontró con un hombre en la entrada que resultó ser un médico tibetano. Examinó mi orina y diagnosticó que había sido envenenada por la carne, me recetó algunos medicamentos e incluso me envió unas pastillas con bendiciones. Mi salud mejoró considerablemente y tuve muchos sueños buenos. Cuando me recuperé, me enviaron al centro de recepción de Dharamsala, junto con algunas otras personas recién llegadas”.

"Llegué a Dharamsala no mucho después de que algunos monjes de mi pueblo hubieran discutido con el personal del centro... por eso tenían una impresión negativa de alguien que venía de la misma zona. En consecuencia, yo también me convertí en una víctima. Desde muy joven me habían preguntado si quería ir a la escuela o si quería aprender algún oficio. Mi respuesta fue muy directa y honesta. Dije que no tenía ningún interés en ir a la escuela ni tampoco quería aprender nada más. Cuando volvía a casa, siempre tenía el mismo intenso interés en servir a los  buenos meditadores, y por eso solía recoger leña y agua para algunos de ellos que vivían en los alrededores de mi pueblo. Ni siquiera sabía que los chinos habían ocupado Tibet y que por eso los tibetanos partían al exilio. No fui torturada por los chinos y nunca me faltó ni la comida ni la ropa. Mi único deseo era ver a Su Santidad el Dalai Lama, y como tengo el problema de que a veces me vuelvo loca, tan sólo quería saber por él si esto era algo bueno o malo. Era todo lo que quería, aparte de eso, solo quería regresar a mi casa”.

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